Imagina dos imágenes separadas por treinta años. En la primera, finales de los ochenta, el cannabis aparece en un anuncio antidroga como el primer escalón hacia la ruina personal, asociado a melenas, rebeldía y delincuencia. En la segunda, hoy, aparece en el escaparate luminoso de una tienda de bienestar, junto a aceites esenciales y velas, con un envase minimalista que promete calma y equilibrio. Es la misma planta. Lo que cambió, y de forma radical, fue lo que proyectamos sobre ella.
El cannabis como bandera de la contracultura
Durante buena parte del siglo XX, fumar marihuana fue mucho más que un hábito: era una declaración. En los sesenta y setenta, ligada al movimiento hippie, a la protesta contra la guerra de Vietnam y a la música, la planta se convirtió en símbolo de quien rechazaba el orden establecido. Encender un porro era, casi literalmente, plantarse frente a la autoridad.
Esa carga simbólica tuvo un coste. Al asociarse con la rebeldía y la disidencia, el cannabis se volvió un blanco político perfecto. La “guerra contra las drogas” lo convirtió en enemigo público, y durante décadas la imagen dominante fue la del marginal, el vago o el delincuente. Esa narrativa, repetida en cine, prensa y campañas institucionales, caló hondo y todavía colea en parte del imaginario colectivo. Conviene recordar, además, que aquel relato no nació en los sesenta: como repasa la historia del origen racista de la palabra “marihuana”, el estigma venía cargado desde mucho antes.
El giro: de lo prohibido a lo medicinal
El primer gran cambio de relato no vino de la fiesta, sino de la enfermedad. A medida que se documentaban usos médicos (el alivio en pacientes con cáncer, ciertos tipos de epilepsia infantil, el dolor crónico), la conversación se desplazó. Ya no se hablaba solo del adolescente rebelde, sino del niño con convulsiones que mejoraba o del enfermo que recuperaba el apetito.
Ese desplazamiento fue decisivo porque puso rostros respetables sobre la planta. Resultaba difícil mantener el discurso del vicio frente a una madre defendiendo el tratamiento de su hijo. La idea de un sistema endocannabinoide propio del cuerpo humano, con receptores que el cannabis activa, dio además un envoltorio científico a algo que durante años se había tratado solo como un problema moral.
El CBD y la entrada en el universo wellness
El segundo giro lo protagonizó un compuesto que no coloca: el CBD. Al separar lo terapéutico de lo psicoactivo, el CBD abrió una puerta que el THC tenía cerrada por su estigma. De pronto el cannabis podía presentarse sin la carga de “drogarse”: cremas, infusiones, aceites para la ansiedad o el descanso, productos que encajaban perfectamente en la estética del bienestar contemporáneo.
Aquí la imagen se transformó por completo. Tipografías limpias, envases neutros, vocabulario de spa. El cannabis dejó de ser transgresor para volverse aspiracional, parte de la rutina de autocuidado de gente que jamás se habría definido como consumidora.
La misma planta que en una pancarta gritaba “no me dais miedo” terminó susurrando “respira hondo” desde la balda de una perfumería.
Conviene, eso sí, no comprar el marketing entero: como repasa este texto sobre mitos y realidades del CBD, buena parte de las promesas del wellness van por delante de la evidencia, y no todo lo que se anuncia como calmante tiene detrás un estudio serio.
Qué dice este cambio sobre nosotros
Lo fascinante es que la planta no cambió; cambiamos nosotros, o más bien cambió el relato que nos contamos. El mismo compuesto que en una época simbolizaba el desafío al sistema acabó, una generación después, vendido como herramienta para encajar mejor en él, para rendir, descansar y gestionar el estrés. De arma contra el orden establecido a producto de consumo perfectamente integrado en el mercado.
Hay quien lo celebra como una normalización merecida tras décadas de estigma injusto, y hay quien lamenta que la rebeldía se haya convertido en otra góndola de supermercado. Probablemente ambas lecturas tengan parte de razón. La domesticación cultural del cannabis es, a la vez, una victoria contra el prejuicio y una rendición ante la lógica comercial.
Una imagen todavía en construcción
Lo interesante es que el proceso no ha terminado. Conviven hoy todas las imágenes a la vez: el viejo estigma del delincuente, el cannabis medicinal del paciente, el wellness del consumidor de clase media y, cada vez más, la normalización legal en países que lo regulan abiertamente. La planta significa cosas distintas según quién la mire y dónde.
Quizá esa sea la verdadera novedad de esta generación: que por primera vez el cannabis ya no tiene una sola imagen dominante, sino varias compitiendo. Y en esa pluralidad, después de un siglo de un relato único y casi siempre negativo, hay algo que se parece bastante a la madurez. La conversación, por fin, admite matices, igual que ocurrió antes con el recorrido del cannabis por la cultura pop, de tabú a guiño cómplice. Treinta años después, lo más sano quizá no sea elegir una imagen, sino entender por qué conviven todas.
Fuentes
- Lee, M. A., Smoke Signals: A Social History of Marijuana.
- Booth, M., Cannabis: A History.
- Pew Research Center, encuestas de evolución de la opinión pública sobre el cannabis.